Verano. El sol pega fuerte sobre el campo verde y florido.
Entre la numerosa maleza vive una gran comunidad de cienpiés, aquellas extrañas orugas que se caracterizan por la gran cantidad de patitas que poseen.
Estos cienpiés son muy amistosos y se reúnen en grupos para salir a caminar, a bailar, a bañarse en los charcos, a comer hojitas y todas aquellas cosas entretenidas que hacen los cienpiés cuando están felices.
Pero había uno llamado Raúl al cual nadie invitaba y que pasaba todo el tiempo solo y si quería entretenerse tenía que inventar sus propios juegos. Juegos solitarios, juegos aburridos.
La soledad lo había transformado en un cienpiés tímido y no se atrevía a preguntar el por qué no lo invitaban. Él se miraba en las pozas de agua y se comparaba con los otros y no encontraba ninguna diferencia entre él y los demás.
Lo único raro que había notado era que todos los cienpiés que pasaban a su lado hacían extrañas muecas con su nariz. Hasta que un día se armó de valor y preguntó al primero que pasó a su lado el por qué todos lo evitaban.
La respuesta lo dejó helado.
- Es que no te lavas los pies y los tienes muy hediondos, y como son cien... ¡puf, puf!
Raúl se puso rojo de vergüenza (él es verde) y salió corriendo como loco al primer charco que encontró y se puso a la difícil tarea de lavar bien sus numerosos pies.
Desde ese momento Raúl lava sus patitas todos los días y ya no le da flojera hacerlo porque la recompensa fue muy buena, ahora tiene cientos de amigos para jugar, caminar, bailar y ser feliz.